Se entiende por síndrome metabólico a aquel cuando una
persona presenta, al menos, tres de las siguientes alteraciones, patologías o
enfermedades: obesidad (principalmente concentrada en el abdomen), diabetes (o
resistencia a la insulina), tensión arterial elevada, y niveles altos de
colesterol LDL (malo), y bajos los de colesterol HDL (bueno).
No en vano, tal y como opinan muchos expertos en medicina, uno de cada
cinco Colombianos padecen síndrome metabólico, pero muchos de ellos
si quiera lo saben.
Peligrosamente, con el aumento de la obesidad infantil y del propio sobrepeso
infantil, existen muchísimos niños que padecen en la actualidad este
síndrome.
El Síndrome
Metabólico en niños
Se estima que, aproximadamente, un 30% de los niños que padecen
obesidad, sufren además síndrome metabólico. No hay que olvidar que
este trastorno, además de tener un claro componente hereditario, también esta
claramente relacionado con los hábitos de salud poco sanos o malsanos. Por
ejemplo, el consumo de alimentos ricos en grasas saturadas (chucherías,
bollería industrial, comidas basura y rápidas…), bebidas azucaradas y la falta
de ejercicio físico son prácticas lamentablemente habituales por parte de
muchos niños en los países desarrollados.
Por este motivo, combinar en el pequeño una vida sana con
el tratamiento farmacológico adecuado es fundamental para la salud del niño, no
sólo para mejorarla, sino para prevenir que ésta se empeore cuando sea joven o
adulto.
Según Estudios…
La obesidad infantil ha sido
considerada “una enfermedad crónica” porque se perpetúa en el tiempo y se
asocia a un síndrome metabólico (SM) relacionado con la resistencia insulínica
(RI). Este, determina un mayor riesgo de Diabetes Tipo 2 (DM2), hipertensión
arterial (HTA) y enfermedades cardiovasculares isquémicas (ECVI) en la vida
adulta. El seguimiento longitudinal de Princeton en población americana,
muestra que el SM y la DM2 afectaron significativamente más (68,8% y 15,6%
respectivamente) a los adultos que presentaron un SM entre los 5 y los 19 años,
que a los que no lo tuvieron (24,0% y al 5% respectivamente). Por otra parte,
los adultos que desarrollaron un SM, presentaron en la niñez valores
significativamente mayores de IMC, glicemia, triglicéridos y presión arterial y
menores valores de HDL-colesterol que aquéllos que no habían presentado el SM
tempranamente.
En población infantil, el
riesgo de DM2 y cardiovascular, está estrechamente asociado a la obesidad
abdominal, a la dieta rica en grasa y azúcares y al sedentarismo y tiene como
base una susceptibilidad étnica-genética para acumular grasa y desarrollar una
RI. La RI se asocia a un “genotipo ahorrador”, muy eficiente en acumular
energía en períodos de disponibilidad de alimentos y con una programación desde
la vida fetal, de órganos y tejidos como el hígado, músculo y grasa que se hacen
resistentes a la acción de la insulina para que el cerebro pueda hacer uso de
la glucosa circulante, en los períodos de escasez.
Este genotipo que mostró claras
ventajas para sobrevivir en tiempos pasados, llega con rapidez a la obesidad en
ambientes donde abundan los alimentos y la actividad física es escasa.
El ejercicio físico y el
procurarse el alimento, están muy ligados, por lo que la musculatura jugó un
rol importante en la mantención de la homeostasis metabólica de sujetos que
vivían en ambientes donde se intercalaban períodos de gran disponibilidad con
otros de déficit de alimentos. Un porcentaje importante de la humanidad aún
portaría este genotipo y tendría una especial susceptibilidad para desarrollar
obesidad, RI, DM2 y enfermedades cardiovasculares asociadas. Una adecuada estrategia para la
prevención de las enfermedades crónicas degenerativas (ECD), sería la pesquisa
y tratamiento temprano de la población obesa portadora del Síndrome Metabólico.





